Historia de las "Armas de la Venganza"

La marea de la historia

Las consecuencias a largo plazo de todos los descubrimientos y diseños alemanes de esa época fueron enormes, aunque generalmente sean olvidados por muchos. No se trata solamente de tendencias difusas, sino de corrientes de pensamiento que en definitiva marcaron fuertemente el curso de la historia inmediata.

Generalmente la gente acepta a la historia como un conjunto de fechas que se suceden, y muchos historiadores poco perspicaces alimentan esta creencia. Pero lo difícil de ver en la corriente histórica son las tendencias, las mareas y los puntos de inflexión que, no a la corta, sino a la larga, dan vuelta las posibilidades de países enteros, o incluso de la Humanidad.

La historia de los cohetes y misiles es, en este caso, una de las más importantes del Siglo XX, aunque se la deje frecuentemente de lado. Y es una historia que tiene todos los ingredientes que marcan las historias interesantes: idealismo, nacionalismo, ingenio y perseverancia, espionaje y secretos de estado, traiciones, luchas de poder, interés científico, fanatismo, éxitos deslumbrantes y fracasos estrepitosos.

Muchos olvidan que todo empezó en una Alemania empobrecida y demolida por la Gran Guerra. Un país en donde las promesas de la belle époque habían arraigado, pero que sufrió no solamente la guerra, sino la derrota. Una derrota realmente terrible. Las condiciones draconianas impuestas por los vencedores no solamente destruyeron el orgullo nacional, sino que a la larga ayudaron a continuar el desastre económico.

En este país azotado por la hiperinflación, el hambre y la inestabilidad política y social, dividido, a veces sangrientamente, entre socialistas, comunistas, anarquistas, fascistas y partidarios de varias otras tendencias, cualquier luz de esperanza era un sol. Una de esas luces fueron las llamas de los primeros cohetes, que entusiastas encabezados por Werner von Braun hicieron brillar de a poco.

 

La carrera por el conocimiento

Los cohetes ya existían, pero eran solamente una forma milenaria de entretenimiento inventada por los chinos. Sin embargo, en el contexto de la primera posguerra hicieron crecer de nuevo promesas de una época más benevolente para la raza humana, con automóviles rápidos como el trueno, o aviones que volaran por sobre las nubes con facilidad.

Si la década del ‘20 fue la del nacimiento de los cohetes aplicados a herramientas útiles para el hombre, la del ‘30, marcada por el ascenso nazi, fue la de su uso como arma de destrucción.

Como se ha visto, el gobierno y las fuerzas armadas alemanas consideraron a los misiles como una parte muy importante del arsenal a futuro. Pero el problema fue que no se le dio la prioridad necesaria para que estas armas entraran en servicio más temprano. Si la situación hubiera sido diferente, algunos proyectos más adelantados podrían haber entrado en servicio en los primeros años de la guerra, cambiando favorablemente las posibilidades alemanas.

Los progresos registrados atrajeron desde el comienzo la atención aliada. Primero, como blanco, pero luego, cuando la marea se fue arrimando al corazón del territorio alemán, el interés fue otro.

Cuando la guerra estaba en sus últimos meses, los aliados hicieron tremendos esfuerzos por localizar y arrestar a todos los científicos alemanes involucrados, así como sus notas e informes. Antes habían sido blancos, y ahora había que hacer todo lo posible por encontrarlos vivos, y antes que los demás.

Aquí no hubo unidad: la famosa alianza ya pronto no tendría más sentido. EEUU no había colaborado demasiado con Inglaterra, y viceversa. La Unión Soviética ya se perfilaba como el nuevo enemigo. Cada uno por su parte y en secreto hizo todo lo que pudo para asegurarse los servicios de todo científico que tuviera algo que decir. Incluso perdonando sus antiguas filiaciones o tendencias ideológicas.

Los dos países que sin duda tuvieron más éxito en esta tarea fueron EEUU y la URSS. En un par de operaciones, EEUU consiguió llevar a sus filas a por lo menos 700 científicos alemanes de cohetes y misiles, y no es descabellado pensar que los soviéticos consiguieron un número similar, sino mayor. Se lograron así grandes adelantos en materia de meses o años, cuando en realidad hubiera tomado mucho más tiempo en desarrollarlos por su cuenta.

Como se vio antes, Alemania ya tenía una gran cantidad de experiencia en motores cohetes. Pero también los científicos involucrados en los proyectos de misiles y cohetes sabían mucho de aerodinamia y de los comportamientos de los diseños a altas velocidades, incluso supersónicas o hipersónicas.

Tanto EEUU como la URSS tenían algo de experiencia también, ya habían estado trabajando en el desarrollo de misiles durante la Segunda Guerra Mundial. Pero esta experiencia era mínima en comparación con la alemana: todos los proyectos habían tenido un éxito nulo o limitado. Solamente los estadounidenses habían logrado poner en servicio un misil aéreo, el ASM-N-2 «Bat» (Murciélago).

Se trataba de un misil aire-superficie, diseñado para darle al hidroavión PB4Y Privateer la capacidad de atacar blancos navales con un arma potente, sin exponerlo demasiado. Era una bomba planeadora sin motores, un concepto ya ideado por los alemanes. En 1945 se la pudo usar con éxito, pero entró en servicio en muy pocas unidades. Básicamente, tenía la forma de un avión, con ala alta y cola baja, cuyas superficies de control horizontales incorporaban también los controles verticales. Poseía cuatro generadores, movidos por la fuerza del viento, que le daban electricidad a los sistemas de armas y de control, que consistían en un piloto automático de la empresa Western Electric. Lo curioso es que este aparato tenía un sistema de guía de radar semiactivo, para la fase final del vuelo.

Lanzamiento de una V-2 estadounidense. A pesar de ser caras y difíciles de fabricar, al final de la guerra quedaron muchas sin utilizar, que fueron uno de los más valiosos trofeos de guerra científicos de los estadounidenses.

Se trataba, en suma, de un tímido presagio de las armas que luego desarrollarían las potencias occidentales y orientales con las nuevas tecnologías ya gestadas en la Alemania nazi.

Sin embargo, es curioso observar que en materia de misiles convencionales, la Segunda Guerra Mundial mostró grandes avances, que luego fueron abandonados. La Guerra de Corea llegó demasiado pronto como para hacer uso de misiles aire-aire, tierra-aire o aire-tierra. En realidad, la década del ‘50 fue una etapa de maduración de todo lo relacionado a misiles. Estos aparatos solamente se comenzaron a utilizar a gran escala en la segunda mitad de la década del ‘60, sobre todo en la Guerra de Vietnam, veinte años más tarde del final de la Segunda Guerra Mundial.

Este dato curioso no debería pasar desapercibido. Este conflicto dio a luz enormes avances técnicos en todas las materias, especialmente la bélica.

Pero los misiles convencionales no fueron el caso. De alguna manera abandonados por los encargados de desarrollar nuevas armas, estos conceptos no desaparecieron, pero la experiencia que sacaron los alemanes no fue tan aprovechada, o al menos no se la aprovechó tan rápidamente como en otros casos. Es irónico pensar que los alemanes durante varios años usaron armas que estaban adelantadas casi veinte años en el tiempo, como los misiles antibuque, y estuvieron a punto de usar misiles aire-aire, que no se volverían a ver hasta muchos años más tarde.

En realidad, se puede pensar a la historia de los misiles alemanes de la Segunda Guerra Mundial como la historia de dos ironías entrelazadas. En primer lugar, porque los mismos científicos que apostaban por su uso pacífico, empapados del espíritu positivo de la década del ‘20, se vieron luego obligados a contemplar la posibilidad real de su uso bélico a gran escala. Si bien esto se dio antes del ascenso al poder de Hitler, fue su régimen de terror el que más los utilizó, tanto en operaciones reales como en simples actos de propaganda.

La segunda ironía es que, a pesar de tanto esfuerzo invertido en estos aparatos, primero con fines pacíficos, y luego con fines bélicos a gran escala, nada sirvió en el corto plazo. Los misiles alemanes causaron mucho pánico y destrucción en la Segunda Guerra Mundial, logrando a veces éxitos difíciles de igualar. Sin embargo, se rebelaron incapaces de dar vuelta la guerra. Llegaron tarde, y además se cifraron muchas esperanzas en ellos, que difícilmente podían cumplir debido a la crítica situación alemana. Si bien fueron un salto impresionante, hubo que esperar hasta la década del ‘60 para que mucho de este esfuerzo pudiera ser usado, tanto con fines pacíficos (como la llegada a la Luna) como bélicos (como la creación de ICBMs confiables y precisos).

Es posible pensar, sobre todo esto, que este conocimiento sobre la misilística quedó eclipsado por uno todavía más terrible, cuyo desarrollo exigía mucho más esfuerzo material e intelectual. Era sin duda un conocimiento mucho más terrible, más marcadamente bélico, y que por lo tanto atrajo más la atención de todo el mundo. Para la gente común, porque podía destruir el mundo. Para los militares, porque prometía ganar guerras mucho más rápido. Pero este conocimiento en solitario no era de gran utilidad, y necesitaba una pareja de baile para llegar a la madurez. Y esa pareja de baile fue la ciencia misilística, ese conocimiento que venía de las dos armas alemanas casi sin duda más famosas de la guerra: las armas de la venganza.

Esta tecnología tuvo, de alguna manera, tres ramificaciones importantes en los años siguientes, que ayudaron a forjar un mundo realmente nuevo, realmente distinto y realmente peligroso.

Primera derivación: los misiles balísticos

Sin duda los conocimientos alemanes ayudaron a desarrollar las nuevas clases de misiles aire-tierra, que sin embargo evolucionaron de manera diferente, siendo ya no bombas planeadoras. Pero el más grande desarrollo se dio en los enormes misiles tierra-tierra, herederos más o menos directos del V-2. No olvidemos que la idea de un misil intercontinental no era nueva: ya los alemanes la habían llevado a los planos y a detalladas operaciones.

A este V-2 capturado ni siquiera se lo terminó de pintar. Dice mucho de la industria alemana que los aliados pudieran capturar muchas unidades en buen estado, listas para su lanzamiento.

Pero era necesario otro contexto para pasar del papel al metal. La primera generación de misiles balísticos, ya cargadas con armas nucleares, eran casi copias del V-2, ese diseño casi perfecto para la época. Los estadounidenses Chrysler Jupiter y Redstone utilizaban no solamente parte de la tecnología del A-4, sino que estaban diseñados con la colaboración del mismo Werner von Braun y otros científicos relacionados con el proyecto alemán.

Pero no fue el único. El SS-3 «Shyster», denominación de la OTAN para el modelo soviético T-1, también era muy similar. Además de ser casi idéntico, gran cantidad de sus partes derivaban del misil alemán, y hasta utilizaba un vehículo lanzador parecido. Por otra parte tenía la ventaja de un gran avance, porque ya era un MRBM con un alcance de 1.200 km. Fue lanzado por primera vez apenas en 1949, lo cual indica el ritmo con el que se trabajaba en esa industria.

Curiosamente, el primer misil balístico chino, el CSS-1 o Dong Feng-2 (Viento del Este 2), estaba
basado en la tecnología del SS-3, siendo por lo tanto también un derivado indirecto del A-4. La tecnología de misiles balísticos dio un paso tremendo con el desarrollo del V-2, que resultó un arma realmente perfecta: bastante móvil para su tamaño y peso, relativamente precisa, poderosa y totalmente indetectable e ininterceptable. Su único defecto, su alto precio, es el mismo que comparte toda su familia: sus hijos y nietos, tanto occidentales como orientales, tienen que ser caros para ser precisos y continuar siendo relativamente difíciles de interceptar.

Sin embargo, la importancia del misil balístico en la posguerra no fue solamente por todas las virtudes mencionadas, sino por otra que no surgió de los diseños alemanes: la capacidad de llevar un artefacto nuclear, y de hacerlo además hasta una distancia sumamente grande, tan lejos como para mantener seguras a las tropas encargadas del lanzamiento. No solamente se ganaba en precisión, sino también en seguridad al mantener lejos a las tropas propias.

Las bombas nucleares de caída libre solamente eran efectivas en un escenario como el japonés, en el cual los estadounidenses tenían un dominio total del aire volando en bombarderos que estaban más allá del alcance de la artillería antiaérea y de los interceptores.

Pero en un teatro de guerra como el alemán, o luego de la guerra el soviético, el arrojar bombas atómicas ya no hubiera tan sencillo. Y el posterior surgimiento de los misiles antiaéreos lo hizo peor: un caza podía evitarlos, pero los enormes bombarderos multimotores (de cuatro y hasta ocho o diez motores) eran blancos perfectos por su escasa maniobrabilidad y su enorme eco radar.

EEUU perdió centenares de bombarderos, cada uno con muchos tripulantes, en los constantes ataques a Alemania. Habían diseñado los B-17, llamados «Fortalezas Voladoras», pensando en que serían inexpugnables ante el ataque de cazas. En cambio se encontraron cara a cara con que los bombarderos eran derribados a veces sin demasiados problemas. Esto afecto mucho su pensamiento estratégico. Construir aparatos capaces de bombardear sin arriesgar tripulaciones comenzó a hacerse cada vez más importante. Los cazas se hacían cada vez más rápidos, y la artillería antiaérea, cada vez más precisa.

El desarrollo de los misiles balísticos, sobre todo el del tipo intercontinental o ICBM, definió la Guerra Fría como ningún otro aparato inventado. Cuando en 1949 EEUU perdió el monopolio atómico, gracias al espionaje soviético, en el mundo comenzó una espiral armamentística de escala inimaginable.

Fue gracias a la tecnología alemana capturada, que los aliados, ya des-aliados, pudieron lograr semejante proeza tecnológica. Juntando dos armas terribles, pero muy distintas, pudieron crear un monstruo todavía peor. El misil balístico intercontinental, dotado de cabeza nuclear, podía borrar no solamente una, sino varias ciudades de un solo golpe. Luego de la bomba A, llegó la bomba H, que utilizando la fusión nuclear, podía crear una devastación mayor. Luego fueron las bombas combinadas de fusión-fisión, y las cabezas múltiples en los misiles.

Cuando estos aparatos se hicieron vulnerables a otros misiles que podían interceptarlos y destruirlos antes de llegar al objetivo, se idearon los MIRV, o Multiple Independent Reentry Vehicles (Vehículos Múltiples Independientes de Reentrada). En el momento en el que el misil llegaba a la cima de su trayectoria balística, la cabeza se desprendía y se «des-armaba» en muchas cabezas de distinta potencia. De esta manera un sólo misil podía atacar varios blancos, reduciendo a la vez la posibilidad de ser derribado: los misiles interceptores podían eliminar una o varias cabezas, pero no todas. Además, a veces las cabezas no tenían bombas sino que eran señuelos. Así un ataque misilístico a gran escala se convertía en una gigantesca ruleta rusa de intercepciones, suerte y probabilidades.

Así fue evolucionando la carrera armamentística que duró varias décadas. Finalmente la Unión Soviética cayó, ayudada según muchos por los gastos terribles que era necesario afrontar para pagar tantos artefactos destructivos. Pero el legado de este período no se ha desmantelado por completo, ni mucho menos: todavía hay suficiente en los arsenales como para destruir varios planetas.

En la actualidad EEUU ha desmantelado gran cantidad de misiles balísticos, como también han hecho Rusia, Ucrania y otras naciones de la ex-URSS. Y si casi no se fabrican o diseñan nuevos proyectos, lo instalado no ha registrado cambios. Rusia por su parte sigue tratando de innovar en su arsenal. El desarme le ha solucionado el terrible problema de mantener tantos silos inútiles, que son agujeros negros para los escasos recursos gubernamentales. Como ha pasado igualmente en EEUU, muchos misiles balísticos han sido reutilizados sabiamente. Quitándole la ojiva nuclear, se los reacondiciona para funcionar como lanzadores de satélites de precio muy módico. De esta manera el desarme se convirtió en una gran inversión: por un lado cortaba los fondos para el mantenimiento de las instalaciones, al destruirlas. Y por otra parte, reconvertía los desechos en nuevas formas de producir fondos.

Pero los programas legados por la administración soviética siguen de alguna manera en marcha. Rusia todavía tiene una gran fuerza en sus silos nucleares y en sus lanzadores móviles. El desarme total es una utopía, a menos que sea concertado y aprobado por ambas partes. Si uno se queda con un sólo misil, el otro siempre querrá quedarse con dos. Y así la espiral nunca termina.

 

 

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